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086577.jpgJack E Lee alcanzó las mieles del éxito tras pasar por el trampolín “lanza carreras” que siempre ha sido Míster Osbourne, cuyo ojo clínico para elegir guitarristas y convertirlos en iconos es infalible. Pero que nadie se equivoque, esto no nace de la nada. Jack E Lee ya era un portento de las seis cuerdas desde el segundo tres en que le oías destripar su instrumento y, con el mínimo de sensibilidad que tengas, como el Madman, pasa a formar parte de tus imprescindibles sin darte cuenta.

Aprovechando la siembra recogida, decidió rodearse de una formación imponente para continuar su rodaje, en la compañía vocal que de sobremanera destacaba Ray Guillen (otro héroe caído), para dar rienda suelta a su pasión por el Blues, sin menospreciar otros aderezos, y ponerse botas sureñas para hacernos tragar polvo y whiskey a partes iguales, en unos BADLANDS que de no haber existido, habrían de haber sido inventados de cualquier forma, dando forma a la clase obrera dentro del Hard Rock que copaba las emisoras y desplumaba los bolsillos de los millones de abducidos por la corriente, que aunque con laca, lejos quedaban del chicle y del cliché.

Un trabajo en solitario instrumental, “A Fine Pink Mist”, y colaboraciones de menor envergadura en aquella fiebre, ya prácticamente erradicada, de los discos tributos a estrellas con reflejo aún candente bajo el brillo de satélites y cometas con más hambre que pasión. Y el silencio se hizo la constante hasta que en 2014 apareció con RED DRAGON CARTEL y un nuevo prisma sobre el que dimensionar su inagotable talento.
Red Dragon Cartel nacieron para la contemporaneidad y para reunir a una serie de vocalistas que cumplimentaran el deseo de demostración de Lee, ocupando Darren Smith algo más de espacio que el resto. El disco era atractivo, pero hasta el más atractivo pierde glamour cuando sonríe y expone, como si de un cuadro surrealista se tratara, una colección de restos de espinaca. Vamos, que una vez más nos lo vendieron como algo demasiado perfecto y la verdad distaba.

Cuatro años después el hacha regresa y lo hace con dos puntos fuertes a su favor:
El primero es reclutar a tiempo completo a Smith (HAREM SCAREM) a las voces, demostrando lo fantástico vocalista que es, lejos de sus encandiladoras y accesibles melodías conocidas y faenando con un mono, vaquero y raído, de los que se manchan sin miedo cuando te metes de lleno en un trabajo que quieres dejar impecable. Por cierto me ha recordado a Ron Young (LITTLE CAESAR) al bendecir a MANIC EDEN.
El segundo es que ha aceptado el hecho de que sonar “2018” (como intentó hacer en “2014”) está pasado de moda y que, con sus raíces y su técnica, con una formación de lujo y sin complejos y con sinceridad, se reconoce con menor atisbo de duda el porqué de su leyenda.descarga.jpg

¡Ok,Ok! Que os habéis fijado en la nota y os preguntáis el porqué de la puntuación si todo es tan maravilloso, ¿no? Pues porque no todo lo es, tan solo he señalado dos características que le alejan de su predecesor para mejor, pero que a la vez también le acercan a las partes menos voluminosas, menos redondas.

Patina, estira la alfombra mágica de Lee con todas las demostraciones (y alguna más), de su estilo adquirido del embargo a Hendrix (A Painted Heart, The Luxury Of Breathing) y del amor y superación al resto de “monstruos” de los compases definitorios desde los floreados sesenta hasta los iniciales cocainómanos ochenta. Una vez más reitero su genialidad en cada solo y adorno, más allá de su tenencia ilícita para apuntarnos al pecho con riffs cargados de pólvora, alquitrán, grava y plomo.

Patina bebe del Blues más pantanoso y amenazante (Speedbag, Havana), a veces se moja tangencialmente con el Funk, absorbe la ración lisérgica necesaria para flotar sin precipitarnos a través del Rock sicodélico (Chasing Ghosts, My Beautiful Mess con uno de los solos más alucinantes del trabajo y eso no es moco de pavo con este artista, o el bonus track Punchclown). Encuentra algo de hueco para rendir homenaje a BADLANDS (Bitter, el psychobilly de Ink & wáter) y en conjunto amenaza, frontalmente, a los que sufrieron los infortunios de los años noventa, con un híbrido bastardo de Hard Rock y mucho Grunge (Escucha Croocked Man y rebátemelo). Al César lo que es del César: con mayor soltura y elegancia que como lo intentaron explotar, sin naturalidad, los grandes combos que huían despavoridos en la espantada general de esa alfombra roja putrefacta, ya en los noventa, tras aguantar los orines de los astros en la bacanal ochentera, desde KING KOBRA a MOTLEY CRUE, WARRANT o vaya usted a saber cuántos cientos más. Pero sin un gancho mínimamente comercial que aplaque al más exaltado.

Al bajo Anthony Esposito (LYNCH MOB), coproduciendo el álbum junto al propio Lee y con las de mezclas Max Norman (OZZY, LIZZY BORDEN, SAVATAGE, DEATH ANGEL, BANGALORE CHOIR). De la batería de Phil Varone (SAIGON KICK, SKID ROW) y su “groove” que no hace más que engrasar una máquina completamente orgánica, en una formación de espanto, desarrollada para arrollar sin piedad a todo aquel que decida necesitar por más de un día. Pena de algún estribillo un poco más mundano, hubiera sido la hostia.

69%

Jesús Alijo Lux

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