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Con una distinguida tarjeta de invitación (On The Verge, álbum) procedo a hacer acto de aparición en un salón de alta alcurnia, de ampulosas vistas cortejadas por el embrujo de la luna llena y el perfume de gotas a precio de petróleo. Allí procedo, auto arrinconado, a mezclarme, en actitud ligeramente anacoreta, con el lujo que desprende una concatenación de melodías elitistas que, en un mundo sin eslabones, podrían pasar perfectamente a la reproducción popular bajo techos generales.

Trajes sobrios de delicada etiqueta Westcoast, acompañados por ceñidos vestidos, imponentes y sensuales, elaborados con texturas Jazz, ligeras e insinuantes (Shower Your Love, Unwound, Fire and Ice), con todos sus complementos a relucir (joyas brillantes de instrumentación etérea), fundiéndose entre susurrantes pasos de baile por los que no se filtra ni una brizna de brisa y sonrisas veladas de complicidad de alta gama seductora (On the Verge, Here´s to Us, The Road).

El foco principal recae sobre el anfitrión, Jay Soto y sus ademanes pausados pero firmes, dulces y a la par confiados en el sentimiento de su inmaculada y cristalina interpretación. Un galán que alcanza la fibra con un discurso disciplinado (imposible no ser atravesado por las flechas de Cupido en la hermosa Evermore) pese a que no le tiemble el pulso a la hora de saltarse el guion para arrancarnos sonrisas de complicidad y aceptación con recursos adaptados (el discotequero My Time y la traducción Country Rock de última hora de barra en Black as Coal).

Sobre bandejas de reluciente plata se van interrumpiendo, periódicamente, las conversaciones con el maestro de ceremonias entre ofrendas instrumentales. Deliciosos canapés con secciones de viento que arropan y replican a la guitarra sedosa de míster Soto así como a sus dotes pianísticas (Yours Truly), y que no temen en desvanecerse por completo para completar la visión de un sueño, con ojos abiertos, de seis cuerdas afinadas en canto de sirena (Got Groove).

Una copa para tomar con calma, para dejar que las burbujas emerjan hacia nuestro paladar y, de esta manera, demostrarnos que el mundo no es ni blanco ni negro y que, entre sus grises, hay espacio para una alfombra roja, infrecuente, directa a los sentidos.
Desconecta.

81%

Jesús Alijo Lux

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